Acto Entrega Medalla Círculo de Empresarios de Galícia- Club Financiero de Vigo

Otorgado al actual presidente de la Cámara  de Comercio de Vigo don José Garcia Costas.

Discurso José García Costas

He de reconocer que cuando Don Marcelino Otero me llamó para comunicarme que iba a recibir la medalla del Círculo de Empresarios de Galicia, el 21 de septiembre hacia el mediodía (lo recuerdo perfectamente), lo primero que pensé al colgar el teléfono fue “Pepe, te estás haciendo mayor, porque estas cosas solo le pasan a las personas que tienen muchos años”. Bromas aparte, no tengo palabras para expresar mi gratitud ante tan honorable distinción.  Primero, porque la comparto con grandes hombres a los que admiro profundamente, y segundo, porque considero que no soy merecedor de la misma. Por eso reitero mi agradecimiento al Club Financiero de Vigo- Círculo de Empresarios de Galicia, y a su junta directiva. Mis gracias más sinceras. Me produce una gran satisfacción que esta institución, a la que considero mi segunda casa, haya decidido otorgarme este galardón. Y me provoca este sentimiento porque me llega de manos de una institución que sientes como propia, que forma parte de ti. Me llena de orgullo pensar que tuve el honor de participar activamente en la gestación de lo que hoy es una realidad, y que pude pertenecer a las dos primeras juntas directivas, presididas por dos grandes hombres: José Manuel Fernández Alvariño y Ángel López Soto.  Han pasado algunos años desde entonces, concretamente hoy celebramos su décimo tercer aniversario, lo que significa, señores, que nos hacemos mayores. Me gustaría recordar, ya que me dais esta oportunidad, que lo que hoy es el Club, lo que hoy representamos los empresarios de esta ciudad, ha sido posible gracias al trabajo de muchas personas, pero fundamentalmente gracias al empeño de la familia Fernández Alvariño. Y me estoy refiriendo a mi gran amigo, a mi compañero de batallas y de ruedas de prensa, José Manuel, pero sobre todo a un señor, a un gran empresario, a una gran persona: a Don Salvador Fernández Troncoso. De Salvador se pueden decir muchas cosas, pero la primera de todas, desde mi punto de vista, es que nos acordamos poco de él. Por eso amigo mío, quiero agradecerte de forma personal tu esfuerzo de aquel entonces, que todavía mantienes en forma de un paquete importante de acciones, y algo mucho más importante para mí: tu presencia en este acto. Porque cuando me comunicaste que ibas a asistir, me emocioné. Y sólo espero que si algún día llego a tu edad sea capaz de transmitir las cosas como tú lo haces y de mantener ese espíritu de amistad, compromiso y generosidad. Eres un ejemplo para los jóvenes y para los que ya tenemos algunas canas de más. Gracias Salvador, de corazón. Gracias al Presidente de la Xunta de Galicia por acceder a imponerme esta medalla. Porque, Alberto, que tu seas el encargado de imponerme esta distinción tiene un significado especial para mi. Y por supuesto, gracias también en nombre de mi familia. La pasada semana un periodista me preguntaba qué es eso del “viguismo” y yo le contesté que el “viguismo” no es haber nacido en Vigo,  sino sentir la ciudad como algo propio. Y yo lo siento así. Este sentimiento, que nada tiene que ver con los localismos tan de moda últimamente en los medios de comunicación, hace que todos los empresarios que han decidido comprometerse con Vigo reclamen, como así lo hacemos a diario, lo mejor para una ciudad en la que creemos firmemente. Pero también significa, y lo repetiré con las mismas palabras, que los empresarios que han decidido comprometerse con Galicia reclamen, como así lo hacemos a diario, lo mejor para una tierra en la que creemos firmemente. Es posible que algunas personas no entiendan que tener puntos de vista diferentes no significa declarar la guerra, ni generar enemistades. En mi opinión, las diferencias de criterio acercan a las personas, abren el diálogo y generan riqueza. Os cuento todo esto porque algunas personas piensan que entre el Presidente de la Xunta y José García Costas existen diferencias, que hay una declaración de guerra, y eso es absolutamente falso. Para mi Alberto fue, es y espero que siga siendo, una persona a la que profeso un profundo respeto y por la que siento un aprecio especial. Puedo deciros que, a diario, tengo diferencias de criterio con mi mujer o con mis hijos, y nadie pone en duda mis sentimientos hacia ellos. Por eso, y del mismo modo, quiero dejar claro y exigir que nadie cuestione mis sentimientos hacia ti, Presidente. Entre nosotros no existe ni ha existido ninguna barrera, ningún obstáculo, ni tan siquiera cristalino. A nadie le parece extraño pensar que hasta los mejores amigos pueden tener puntos de vista diferentes en algún momento, pero eso no significa nada más.  Reconozco que soy una persona tenaz, que pocas veces cambia de opinión, pero puedo asegurarles que antes de hablar he reflexionado y analizado todas y cada una de las posibilidades. Y esa claridad con la que me suelo expresar, Alberto, es la misma con la que me comporto contigo: clara y diáfana. Finalmente, y en el apartado de agradecimientos, me gustaría mostrar mi gratitud a las personas que hoy me acompañáis en este acto, porque demuestra el cariño y la cercanía que me dispersáis A lo largo de estos últimos días, en los que de algún modo he tenido que echar la vista atrás y recordar cómo he llegado hasta aquí, me he dado cuenta de que ha sido toda una vida dedicada al trabajo pero, por otro lado, tengo que deciros que esa es mi pasión. A mis sesenta y seis años aún me levanto cada mañana pensando en cómo ser mejor empresario, en averiguar dónde puede haber un nuevo negocio, o en crear algo para generar, aunque solamente sea, un puesto de trabajo. Y eso me hace feliz, aunque parezca una locura. Me pidieron que hiciese un relatorio sobre mi persona, y ciertamente hablar de uno mismo no es fácil. Pero como en algunas cosas soy “facilón” vamos a ello. Nací en el año 44 en mi querida parroquia de Castrelos. Tengo cinco hijos, ocho nietos y mis comienzos no fueron precisamente fáciles, pero en cualquier caso, como los de todas las personas que empiezan desde cero. Empecé a trabajar a una edad insultantemente joven, algo que afortunadamente no se estila en los tiempos que corren. Todos los que me conocen bien saben que no provengo de una familia acomodada, y sin embargo, mis antepasados fueron capaces de dejarme la mejor herencia que se le puede otorgar a un hijo: unos valores de los que estoy absolutamente orgulloso. Esos valores hablaban de esfuerzo, tesón, disciplina, valentía y dedicación. También se referían al respeto por las personas, a la convicción y defensa de los ideales, a la reflexión y a la modestia. Y gracias a ese legado, mezclado con muchas horas de trabajo, porque no decirlo, el destino me ha permitido hacer realidad algunos de mis sueños. En el año 66, con 22 años, me convertí en empresario. Tuve entonces mi primera participación en una sociedad, un taller de electromecánica ubicado en los soportales del Berbés. Desde aquel momento, y con la ayuda de clientes, proveedores, entidades financieras, trabajadores, colaboradores, y un sin fin de personas más, el viento sopló favorable y me permitió llegar a lo que hoy soy como empresario. Y me vais a permitir que en este momento mencione dos acontecimientos que, desde mi punto de vista, fueron muy importantes para mi vida empresarial. El primero de ellos, tuvo lugar en 1998, cuando mi amigo y socio Pucho González Viñas me propuso participar en la privatización de Barreras. Es cierto que antes de este momento en el astillero, el taller del año 66 me había proporcionado una serie de participaciones en sociedades importantes que hoy forman el grupo de empresas bajo el paraguas de Emenasa. El otro momento importante en mi vida empresarial llegó en 2001. En aquel año el Comité Ejecutivo de la Cámara me propuso ser el presidente de esta institución. El nombramiento llevaba
consigo la ocupación de una serie de cargos importantes que me han permitido conocer en profundidad a determinadas personas del mundo financiero, empresarial, político o sindical. Entre ellas me voy a permitir la licencia de nombrar a Don Julio Fernández Gayoso, un amigo hoy en día, con el que sintonicé desde el primer momento. Julio demostró y depositó su confianza en mí y eso es algo que te agradeceré siempre, amigo. En esta trayectoria no puedo olvidarme de los clientes. Son muchos, muchísimos, y no quisiera que nadie se mostrara molesto por no nombrarle. Pero entenderéis que no puedo dejar en el tintero a algunos nombres, grandes armadores, como José Pereira y José Puerta, hoy representados por sus hijos. Pero también Nores, Freiremar, Touza, y otros tantos. O a los astilleros Barreras y Cardama, en los que participo. Y también a Manuel Rodríguez, con el que espero, y no pierdo la esperanza, de hacer algún buen negocio. “Manolo, estamos mayores, pero aún tenemos tiempo” Como podréis imaginar, este relato forma parte de una importante e intensa parte de mi vida que me ha proporcionado grandes momentos de satisfacción. Ahora, vivimos una época complicada, de carácter global pero que en menor escala nos va a dejar la peor de las herencias: el paro. El baile de cifras económicas que desde hace dos años nos despierta cada mañana a los empresarios es, en cada uno de los hogares afectados, un drama real. Los empresarios tenemos que aunar esfuerzos y arrimar el hombro para tratar salir cuanto antes de este túnel, que estoy seguro tiene fin, aunque a algunos nos cueste más ver la luz. Y en esta tarea, necesitamos ir de la mano con los políticos, los únicos capaces de reconducir esta situación. Nuestra ciudad es exigente, no es fácil, no se queda de brazos cruzados cuando hay que protestar, es activa, dinámica, contestataria. Y a mí me gustaría que la clase política estuviese más valorada por los ciudadanos, que fuese ilusionante. Pero esa es una labor de ellos mismos. Desde hace algún tiempo reclamo, pido, a voces si es necesario, que los políticos tienen la obligación de trabajar por y para los ciudadanos. Que todos ellos deben dejar a un lado las siglas, los slogans, los colores y las falsas promesas y ejercer una labor para la cual han sido elegidos. Antes de terminar, y de que mis amigos me tachen de ladrillo, me gustaría compartir una última reflexión con todos vosotros. Es cierto que el camino no ha sido fácil, y que las horas de trabajo y esfuerzo han sido muchas. Mi agradecimiento va dirigido a muchas personas. Pero estoy convencido de que esta trayectoria profesional, que hoy premiáis todos los empresarios, no hubiese sido posible sin mi gran apoyo: mi mujer. Ella me ha dado mi mayor tesoro y logro en la vida: mis cinco hijos. Puedo deciros que ésta es la empresa de la que más orgulloso me siento, porque me lo ha dado absolutamente todo. Es mi gran éxito. En mi labor como padre, he tratado de inculcarle a mis hijos ese legado del que antes os hablaba. Mi vida ha sido, es y será el pacto que hace muchos años hice conmigo mismo y con esta tierra, y yo no sé si nací empresario, pero desde luego crecí como tal y así acabaré, intentando poner mi granito de arena.

Muchas gracias

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  1. massage says :

    this post is very usefull thx!

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